A los grandes acontecimientos, acuden pocas personas. Y así fué como en 1976, en un concierto de los Sex Pistols en el que sólo habían unas cuarenta personas, se conocieron los integrantes de Warsaw posteriormente conocidos como Joy Division.
Ian Curtis, sombrío, intenso, depresivo y epiléptico, ponía las letras y la voz del grupo muchas veces acompañadas de su extraño baile, del cual no se distiguía si bailaba o estaba sufriendo uno de sus ataques. El vocalista de Joy Division de colgó de un perchero a los 23 años, dejando atrás a su esposa y a su banda pero sobretodo un legado musical que se instaló como referente del post punk británico de los 70. Su herencia, compacta y poderosa, sigue influyendo 30 años después en bandas de todo el mundo.
En 1979, Tony Wilson funda el sello discográfico Factory y en ese mismo año firman un contrato con Joy Division. El grupo inauguró, junto a otras bandas, la apertura del club The Factory de Tony Wilson. En abril graban Unknown Pleasures y a raíz del nuevo disco les empiezan a llover ofertas de conocidas discográficas que ellos rechazan.
En 1980, grabaron el material de su segundo disco Closer y el sencillo Love Will Tear Us Apart. Aunque la enfermedad de Ian no mejoraba y cada vez eran más frecuentes los ataques de epilepsia, las convulsiones y la pérdida del conocimiento, incluso en el escenario. La influencia que esto tenía sobre el grupo y su familia le hacía sentir extremadamente culpable. Este mismo año, tras poner un disco de Iggy Pop y dejar una nota a su esposa, se colgó en la cocina de su casa.
En mi opinión, son una de las mejores bandas que he escuchado jamás, con letras tristes y profundas que te hacen reflexionar en tu día más gris. Y aunque Ian ya no esté, para aquellos que sienten su música, será inmortal.



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